lucasjolias
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[ identidad digital ] · publicado 16 de junio de 2026

El DNI todavía no es digital. Ahí está la oportunidad.

Argentina tiene algo que la mayoría de los países envidiaría. Hace décadas construyó un registro civil unificado y un DNI en el que confían el banco, el hospital, la escuela, la justicia y el cuarto oscuro. Una sola identidad, reconocida por todos, que vale lo mismo en Jujuy que en Tierra del Fuego. Es, probablemente, una de las mejores infraestructuras de identidad que se construyeron en el siglo XX. No la valoramos porque es invisible, y la infraestructura, cuando funciona, es invisible.

Sobre esa base hay un paso pendiente, a la vista de todos, que casi nadie está mirando. Y es un paso que depende de una decisión nacional. Por eso escribo esto pensando en los funcionarios que tienen hoy la lapicera: están sentados arriba de una oportunidad enorme y la están dejando pasar.

La oportunidad es simple de enunciar: terminar de hacer el DNI verdaderamente digital.

Lo que tenemos no es un DNI digital

Acá hay que ser preciso, porque la palabra "digital" se usa para dos cosas muy distintas. Hoy en Mi Argentina tenés tu DNI en el celular. Eso está muy bien y costó trabajo. Pero ese DNI sirve para el mundo físico, no para el digital. Lo mostrás en una pantalla y alguien lo mira, igual que mirarías el plástico. Lo que no podés hacer es usarlo donde de verdad importa: que un banco, una fintech, una telco o una plataforma lo verifiquen automáticamente, sin intervención humana, con certeza criptográfica de que es auténtico y de que sos vos.

Lo que tenemos, dicho con todas las letras, es una credencial digitalizada, no una credencial digital. La diferencia no es semántica. Mi DNI físico me sirve para comprar una bebida en la vinería. Mi DNI de Mi Argentina no me sirve para comprarla en un e-commerce. Vive dentro de la app que lo emitió y no puede salir de ahí. Es como si el Estado me diera la licencia de conducir pero solo me dejara llevarla en una billetera de cuero que fabrica el propio Estado, y así con cada credencial. Andaría por la vida con decenas de billeteras que no se hablan entre sí.

Una credencial verificable es lo contrario. Es información criptográficamente firmada por quien tiene autoridad para emitirla, que el ciudadano guarda en una billetera que es suya, y que puede presentar ante cualquiera. El que la recibe verifica la firma y listo. No necesita llamar al emisor, no necesita rehacer la verificación, no necesita guardar tus datos. Es exactamente el modelo del mundo físico: el vendedor de la vinería confía en el DNI sin llamar al Estado, y el Estado nunca se entera de que compraste cerveza.

El DNI ya es la raíz de confianza. Lo difícil está hecho. Lo que falta es dejar que esa confianza salga de la app y circule por la economía.

Lo que se abre cuando el DNI es una credencial

Cuando el ciudadano puede llevar su identidad y presentarla en cualquier lado, el principio es uno solo: verificarse una vez, usarla en todos lados. Y ese principio, aplicado, es una palanca para el sector privado que hoy estamos desperdiciando.

Empecemos por donde más duele en plata. Cada vez que te relacionás con un banco, una fintech, una telco o una aseguradora, alguien vuelve a verificar quién sos desde cero. Nadie confía en que el otro ya te verificó. Cada institución levanta su propio proceso, su propio KYC, su propio silo. Y eso cuesta una fortuna invisible.

Los números del sector financiero son contundentes. Completar una sola revisión de KYC de un cliente corporativo le cuesta a un banco entre 1.500 y 3.000 dólares. Cada verificación de un cliente minorista, entre 13 y 130. El gasto anual promedio de una institución en operaciones de identidad y prevención de lavado ronda los 73 millones de dólares, y las grandes destinan hasta 30 millones por año solo a KYC. Más de la mitad tarda entre dos y cinco meses en verificar a un cliente. Y el 70% perdió clientes el año pasado por la fricción de un onboarding lento. Siete de cada diez instituciones perdieron negocio no por su producto, sino por verificar una identidad que otra institución ya había verificado.

Ahora veamos qué pasa cuando esa verificación la resuelve una credencial del Estado. India lo hizo con Aadhaar: pasar de un KYC en papel a uno basado en identidad verificable derrumbó el costo de verificar a una persona de alrededor de 15 dólares a 50 centavos. Ese desplome fue lo que hizo viable abrir más de 300 millones de cuentas bancarias en tres años y meter en el sistema financiero a gente que antes quedaba afuera porque verificarla no era rentable. No es un detalle técnico: es inclusión financiera, es crédito, es PIB. McKinsey estima que un sistema de identidad digital bien hecho puede sumar entre 3 y 13% del producto.

Para el sector privado argentino, un DNI convertido en credencial verificable significa onboarding en segundos en lugar de días, a centavos en lugar de cientos de dólares, sin perder clientes por el camino y sin tener que custodiar montañas de datos personales que son una bomba de tiempo reputacional el día que se filtran. El Estado no tendría que gastar un peso en construirles el producto. Solo tendría que emitir bien la credencial y dejar que el mercado haga el resto.

El caso de los menores y las apuestas

Hay un caso donde esto deja de ser solo eficiencia y se vuelve urgente. La ludopatía juvenil es un problema real y creciente. Según UNICEF, los chicos empiezan a apostar alrededor de los 13 años, usando billeteras virtuales como puerta de entrada. Verificar la edad es exactamente lo que hay que verificar.

La respuesta que estamos ensayando es reconocimiento facial en cada login contra la base del Renaper. La intención es impecable, pero la arquitectura está mal. Para demostrar un solo atributo, "soy mayor de 18", el ciudadano entrega su rostro una y otra vez, atado al hecho de que está apostando. Del otro lado queda un registro de quién juega, cuándo y desde dónde. Para proteger a un menor estamos construyendo una base de datos de vigilancia sobre cada adulto.

Con el DNI como credencial verificable y divulgación selectiva, el problema se resuelve mejor y al revés. La plataforma no necesita la cara del usuario ni su nombre. Solo necesita una prueba: que esta persona es mayor de 18. La credencial responde esa pregunta y ninguna otra. El menor queda afuera, la plataforma cumple la ley, y nadie acumula un registro de quién apostó. Las dos cosas a la vez, que es justo lo que la solución actual no logra. Lo mismo vale para comprar alcohol online, para contenido restringido, para cualquier trámite donde hoy pedimos de más porque no sabemos pedir lo justo.

Por qué esto depende de ustedes

Acá está el punto que quiero dejar bien claro para quien tenga la decisión. Esto no lo puede hacer el sector privado solo. Un banco puede construir una billetera, una fintech puede armar un verificador, pero ninguno puede emitir la raíz de confianza. Esa raíz es el DNI, y el DNI es del Estado nacional. La credencial verificable de identidad solo puede nacer de quien ya tiene la autoridad para decir quién es cada uno. Eso ya lo tienen ustedes. Está construido. Falta activarlo.

Y conviene anticipar por qué, si es tan obviamente mejor, no pasó todavía. Hay una respuesta técnica, que es parcial: faltan estándares, billeteras, masa de emisores. Todo eso se resuelve con trabajo. Pero hay una respuesta más honesta. Hay muchos actores cuya facturación depende de que verificar identidad siga siendo caro y repetitivo. Kevin Kelly lo llamó el Principio de Shirky: las instituciones tienden a preservar el problema que justifica su existencia. Lo vi de cerca en quince años trabajando con gobiernos de la región. No es mala fe, es autopreservación, y es la fuerza más racional que hay dentro de cualquier organización. Por eso este paso no va a venir empujado desde abajo ni desde afuera. Tiene que decidirse desde arriba.

La tecnología está lista y probada. Los estándares abiertos existen. El caso económico para el sector privado es abrumador. El caso social, con los chicos apostando, es urgente. Y la materia prima más difícil, una identidad nacional en la que todos confían, Argentina ya la tiene desde hace décadas.

El DNI ya demostró que sabemos construir la raíz de la confianza. Falta el último paso, que es también el más barato y el de mayor impacto: dejar que esa identidad salga de la app, que el ciudadano la lleve en el bolsillo y la use donde quiera, y que no tenga que demostrar mil veces lo que solo hace falta demostrar bien una vez. No hace falta inventar nada. Hace falta terminar lo que ya empezamos, y animarse a hacerlo.

Lucas Jolias

Politólogo, profesor y emprendedor. Trabajo con gobiernos de América Latina en innovación pública, gobierno digital e identidad digital.

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