[ innovación pública ] · publicado 14 de junio de 2026
El Estado siempre construyó infraestructura. La digital es la misma tarea.
Hay una imagen que uso para explicar esto: ningún gobierno construiría doce rutas para unir las mismas dos ciudades. Sería un absurdo. Y sin embargo es exactamente lo que hacemos con lo digital. Cada organismo, cada provincia, cada municipio levanta su propio sistema de identidad, su propio padrón, su propio sistema de turnos. Doce rutas paralelas que no se cruzan.
La frase no es mía. Es de un trabajo reciente de Diane Coyle, David Eaves y Beatriz Vasconcellos para el FMI, donde proponen algo simple: los ministerios de economía deberían pensar la infraestructura pública digital como piensan las rutas y la red eléctrica. Activos compartidos, de largo plazo, diseñados para usarse una y otra vez.
Lo que más me interesó del argumento es que no es nuevo. Es viejísimo.
El trabajo del Estado, desde que existe el Estado, fue construir el sustrato compartido sobre el que se para todo lo demás. Los caminos. El ferrocarril que unió el país. La red eléctrica. El agua. La moneda. Cosas que nadie construye solo, porque no le cierran a ninguno en particular, pero le cierran a todos juntos. Esa fue siempre la tarea.
Y Argentina la hizo bien. Mejor que casi cualquier país de la región.
Pensá en el DNI. Hace décadas este país construyó un registro civil unificado y un documento en el que confían el banco, el hospital, la escuela, la justicia y el cuarto oscuro. Una sola identidad, reconocida por todos, que vale lo mismo en Jujuy que en Tierra del Fuego. Eso es infraestructura pública. Es, probablemente, una de las mejores infraestructuras de identidad que se construyeron en el siglo XX. No la valoramos porque es invisible — y la infraestructura, cuando funciona, es invisible.
Así que la pregunta no es si Argentina sabe construir infraestructura pública. Ya demostró que sabe. La pregunta es si vamos a terminar el trabajo en el medio que importa hoy: el digital.
Porque hoy lo estamos haciendo al revés. Coyle cita un relevamiento de University College London: en el mundo hay más de 64 sistemas nacionales de identidad digital, 97 de pagos y 103 plataformas de intercambio de datos. Pero casi ninguno se usa en serio. Solo la mitad de los sistemas nacionales de identidad los usan más de dos organismos públicos. Construimos, pero no como infraestructura. Construimos como proyectos sueltos que mueren solos.
En un país federal como el nuestro, el riesgo se multiplica. Veintitrés provincias más CABA, cada una con su app de ciudadano digital, su billetera, su sistema de trámites. Buenas intenciones, equipos capaces, presupuesto real — y cero interoperabilidad. Veinticuatro rutas paralelas. El ciudadano que se muda de provincia vuelve a empezar de cero. El dato que un organismo ya tiene se lo vuelven a pedir tres veces.
No es un problema de tecnología. La tecnología existe y es barata. Es un problema de cómo lo pensamos y de quién lo financia.
Acá hay un punto que el paper hace muy bien y que en Argentina casi no discutimos: esto no es tarea solo del área de modernización o de gobierno digital. Es tarea de Economía y de Hacienda. Una secretaría de innovación puede tener las mejores ideas, pero no controla el presupuesto de los otros ministerios ni puede obligar a nadie a usar un estándar común. Economía sí. La infraestructura compartida se construye desde donde está la lapicera fiscal, o no se construye.
Un funcionario que entrevistaron para el estudio lo dijo perfecto: "no hay una categoría en el presupuesto para los sistemas que benefician a todos pero no le pertenecen a nadie." Ese es el agujero. Y llenarlo es una decisión política, no técnica.
¿Para qué sirve cerrarlo? Para lo de siempre que sirve la infraestructura: para que florezca todo lo que viene arriba.
Identidad reusable: te identificás una vez y vale en todos lados. Cuando India montó su sistema de identidad, el costo de verificar quién era cada persona se desplomó y el acceso al crédito y a los servicios se disparó. En Malawi, simplemente poder verificar bien la identidad de quien pedía un préstamo expandió el crédito para los que antes quedaban afuera. La identidad compartida no es un trámite: es la puerta de entrada a una economía.
Y ahora la parte que vuelve todo esto urgente: la inteligencia artificial.
Coyle lo dice en una línea que no debería pasar desapercibida: a medida que los gobiernos adoptan IA, el costo de mantener sistemas fragmentados se va a disparar.
Lo traduzco a lo que veo en campo. Un agente de IA arriba de una infraestructura sólida —identidad verificable, autoridad delegada, datos que se pueden intercambiar— puede hacerte un trámite de punta a punta. Un agente de IA arriba de veinticuatro sistemas que no se hablan no automatiza el servicio: automatiza el caos. Es ponerle un motor más rápido a un auto sin dirección.
La IA no arregla la fragmentación. La amplifica. El Estado que tenga la infraestructura compartida va a poder usar la IA para servir mejor a la gente. El que no la tenga va a digitalizar su propia disfunción — más rápido y a mayor escala.
Y esto se paga carísimo el día que hay que responder rápido. Durante la pandemia, Estados Unidos destinó 800 mil millones de dólares a un programa de ayuda a empresas. Por la falta de sistemas administrativos integrados, según un análisis de David Autor y colegas, apenas entre un cuarto y un tercio llegó a los trabajadores que más lo necesitaban; el resto terminó en hogares más ricos. Los países con infraestructura digital decente pudieron apuntar la ayuda a donde hacía falta. Esa es la diferencia, en pesos y en personas, entre un Estado que tiene la infraestructura y uno que no.
Vuelvo al principio. Esto no es una agenda nueva ni una moda tecnológica. Es el trabajo más viejo del Estado —construir el sustrato compartido— en el medio de esta época. Argentina ya demostró que sabe hacerlo con el DNI. Falta la decisión de hacerlo en serio con lo digital: nación y provincias sobre estándares comunes, financiado a largo plazo desde donde se financia la infraestructura, y no como cien pilotos condenados a morir solos.
La confianza es la infraestructura invisible de la democracia. Y la infraestructura alguien la tiene que construir. Siempre fue el Estado. Sigue siendo el Estado.
Lucas Jolias
Politólogo, profesor y emprendedor. Trabajo con gobiernos de América Latina en innovación pública, gobierno digital e identidad digital.
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